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Alguna otra vez había pasado la Regenta por allí a tales horas,
pero en esta ocasión, con una especie de doble vista, creía ver,
sentir allí, en aquel montón de ropa sucia, en el mismo olor
picante de la chusma, en la algazara de aquellas turbas, una forma
de placer del amor; del amor que era, por lo visto, una necesidad
universal. También había cuchicheos secretos, al oído, entre aquel
estrépito; rostros lánguidos, ceños de enamorados celosos,
miradas como rayos de pasión... Entre aquel cinismo aparente de
los diálogos, de los roces bruscos, de los tropezones insolentes, de
la brutalidad jactanciosa, había flores delicadas, verdadero pudor,
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La Regenta
ilusiones puras, ensueños amorosos que vivían allí sin conciencia
de los miasmas de la miseria.
Ana participó un momento de aquella voluptuosidad andrajosa.
Pensó en sí misma, en su vida consagrada al sacrificio, a una
prohibición absoluta del placer, y se tuvo esa lástima profunda del
egoísmo excitado ante las propias desdichas. «Yo soy más pobre
que todas éstas. Mi criada tiene a su molinero que le dice al oído
palabras que le encienden el rostro; aquí oigo carcajadas del
placer que causan emociones para mí desconocidas...»
En aquel momento tuvieron que detenerse entre la multitud.
Había un drama en la acera. Un joven alto, de pelo negro y rizoso,
muy moreno, vestido con blusa azul, gritaba:
-¡La mato!, ¡la mato! Dejadme, que quiero matarla.
Sus compañeros le sujetaban; querían llevársela. El mozo
echaba fuego por los ojos.
-¿Qué es eso? -preguntó Petra.
-Nada -dijo uno-, celucos.
-Sí -gritó una joven-, pero si ella se descuida, la ahoga.
-Bien merecido lo tiene; es una tal.
El joven de la blusa azul salió del paseo, a viva fuerza, casi
arrastrado por sus amigos. Al pasar junto a la Regenta la miró
cara a cara, distraído, pensando en su venganza; pero ella sintió
aquellos ojos en los suyos como un contacto violento. ¡Eran los
celucos! ¡Así miraban los celos! Era una belleza infernal, sin
duda, la de aquellos ojos, ¡pero qué fuerte, qué humana!
Dejaron ama y criada por fin el boulevard y entraron en la
calle del Comercio. De las tiendas salían haces de luz que
llegaban al arroyo iluminando las piedras húmedas cubiertas de
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Leopoldo Alas, «Clarín»
lodo. Delante del escaparate de una confitería nueva, la más
lujosa de Vetusta, un grupo de pillos de ocho a doce años
discutían la calidad y el nombre de aquellas golosinas que no eran
para ellos, y cuyas excelencias sólo podían apreciar por
conjeturas.
El más pequeño lamía el cristal con éxtasis delicioso, con los
ojos cerrados.
-Esa se llama pitisa -dijo uno en tono dogmático.
-¡Ay, qué farol!; si eso es un pionono; si sabré yo...
También aquella escena enterneció a la Regenta. Siempre
sentía apretada la garganta y lágrimas en los ojos cuando veía a
los niños pobres admirar los dulces o los juguetes de los
escaparates. No eran para ellos; esto le parecía la más terrible
crueldad de la injusticia. Pero, además, ahora aquellos granujas
discutiendo el nombre de lo que no habían de comer, se le
antojaban compañeros de desgracia, hermanitos suyos, sin saber
por qué. Quiso llegar pronto a casa. Aquel enternecerse por todo
la asustaba. «Temía el ataque, estaba muy nerviosa».
-Corre, Petra, corre -dijo con voz muy débil.
-Espere usted, señora... allí... parece que nos hacen seña... sí, a
nosotras es. Ah, son ellos, sí...
-¿Quién?
-El señorito Paco y don Álvaro.
Petra notó que su ama temblaba un poco y palidecía.
-¿Dónde están? A ver si podemos, antes que...
Ya no podían escapar. Don Álvaro y Paco estaban delante de
ellas. El Marquesito las detuvo haciendo una cortesía exagerada,
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La Regenta
que era una de sus maneras de hacer esprit, como decía ya el
mismo Ronzal. Mesía saludó muy formalmente.
De la confitería nueva salían chorros de gas que deslumbraban
a los vetustenses, no acostumbrados a tales despilfarros de gas.
Don Álvaro veía a la Regenta envuelta en aquella claridad de
batería de teatro y notó en la primer mirada que no era ya la mujer
distraída de aquella tarde. Sin saber por qué, le había desanimado
la mirada plácida, franca, tranquila de poco antes, y sin mayor
fundamento, la de ahora, tímida, rápida, miedosa, le pareció una
esperanza más, la sumisión de Ana, el triunfo. «No sería tanto,
pero él se alegraba de verse animado. Sin fe en sí mismo no daría
un paso. Y había que dar muchos y pronto».
En Vetusta llueve casi todo el año, y los pocos días buenos se
aprovechan para respirar el aire libre. Pero los paseos no están
concurridos más que los días de fiesta. Las señoritas pobres, que
son las más, no se resignan a enseñar el mismo vestido una tarde
y otra, y siempre. De noche es otra cosa; se sale de trapillo, se [ Pobierz całość w formacie PDF ]
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